miércoles, 11 de febrero de 2015

CAPITULO 3

CAPITULO 3.-
Después de dos reuniones de seguimiento con clientes y de parar en la
nueva casa del señor Muller en Holland Park para dejarle unas cuantas
muestras, estoy de vuelta en la oficina escuchando cómo Patrick despotrica
de Irene. Es lo habitual los lunes por la mañana después de que haya
soportado todo el fin de semana con su mujer y lejos de la oficina. La
verdad es que no sé cómo el pobre hombre la aguanta.
Ken entra con una sonrisa de oreja a oreja y de inmediato sé que ha
ligado durante el fin de semana.
—Cielo, ¡cuánto te he echado de menos! —Me da un beso sin llegar a
tocarme y se vuelve hacia Patrick, que se protege con las manos en un
gesto que dice: «¡Ni se te ocurra!» Ken pone los ojos en blanco, sin
ofenderse ni un ápice, y baila hasta llegar a su mesa.
—Buenos días, Ken —lo saludo con alegría.
—Esta mañana ha sido de lo más estresante. El señor y la señora
Baines han cambiado de opinión por enésima vez. He debido cancelar
todos los pedidos y reorganizar a una docena de obreros. —Mueve la
mano, frustrado—. Me han puesto una maldita multa por no colocar la
tarjeta de aparcamiento de residentes y, además, me he enganchado el
jersey nuevo en uno de esos horrendos pasamanos que hay a la salida del
Starbucks. —Se pone a tirar de la lana desgarrada del dobladillo de su
jersey rosa fucsia con cuello en V—. ¡Míralo, jolines! Menos mal que eché
un polvo anoche, porque si no estaría en el pozo de la desesperación. —Me
sonríe.
Lo sabía.
Patrick se va negando con la cabeza. Todos sus intentos por disminuir
el amaneramiento de Ken hasta niveles más tolerables han fracasado.
Ahora ya se ha rendido.
—¿Una buena noche? —pregunto.
—Maravillosa. He conocido a un hombre divino. Va a llevarme al
Museo de Historia Natural el fin de semana que viene. Es científico.
Somos almas gemelas, estoy seguro.
—¿Qué ha pasado con el entrenador personal? —vuelvo a preguntar.
Era su alma gemela de la semana pasada.
—Olvídalo, un desastre. Apareció el viernes en mi apartamento con
un DVD de Dirty Dancing y comida india para dos. ¿Te lo puedes creer?
—Me dejas de piedra —me burlo.
—Lo peor. No hace falta que te diga que no voy a volver a verlo. ¿Y
qué hay de ti, cielo? ¿Qué tal ese guapísimo ex novio tuyo? —Me guiña el
ojo. Ken no oculta que Matt lo atrae, cosa que a mí me hace gracia pero
que incomoda a Matt.
—Está bien. Sigue siendo mi ex y sigue siendo hetero.
—Qué lástima. Avísame cuando entre en razón. —Ken se marcha
tranquilamente, retocándose el tupé rubio y perfecto.
—Sally, te mando por correo electrónico la factura por una consulta
de diseño para el señor Kaulitz. ¿Podrías asegurarte de que se envía hoy
mismo?
—Así lo haré, ____. ¿Pago a siete días?
—Sí, gracias. —Regreso a mi mesa y continúo casando colores.
Alargo el brazo para coger el móvil cuando empieza a bailar por mi mesa.
Miro la pantalla y casi me caigo de la silla al ver en ella el nombre de
«Tom». Lo miro durante unos segundos, hasta que mi cerebro se repone
del susto y el corazón se me acelera en el pecho. Pero ¿qué demonios...?
Yo no guardé su número, Patrick no me lo dio y, tras pasarle el
proyecto el viernes, ya no lo necesitaba. Decía en serio lo de que no iba a
volver. Y, en cualquier caso, no lo habría grabado con su nombre de pila.
Sostengo el teléfono en la mano, echo un vistazo a la oficina para ver si el
ruido ha llamado la atención de alguno de mis compañeros. No lo ha
hecho. Lo dejo sonar. ¿Qué querrá?
Voy al despacho de Patrick a preguntarle si ha informado al señor
Kaulitz del cambio de planes, pero entonces vuelve a sonar y me frena en
seco. Respiro hondo y contesto.
Si Patrick no ha hablado aún con él, lo haré yo. Y si no le gusta, mala
suerte. A duras penas he logrado convencerme a mí misma de que le he
pasado el contrato a Patrick porque él es más apto que yo para el proyecto.
Sé muy bien que ésa no es toda la verdad.
—Hola —respondo. Pataleo ligeramente en el suelo porque el saludo
suena un tanto receloso. Quería sonar segura y llena de confianza en mí
misma.
—¿____? —Su voz ronca tiene el mismo impacto que el viernes en
mis débiles sentidos, pero al menos por teléfono no puede ver cómo
tiemblo.
—¿Quién es? —Muy bien. Mucho mejor. Profesional y tranquila.
Se ríe y me hace bajar la guardia.
—Sé que sabes la respuesta a esa pregunta porque mi nombre aparece
en tu teléfono. —Tierra trágame—. ¿Estás intentando hacerte la
interesante?
¡Será arrogante! ¿Cómo lo sabe? Pero entonces caigo en la cuenta.
—Metió su teléfono en mi lista de contactos. —Ya lo entiendo.
¿Cuándo lo hizo? Repaso mentalmente nuestra reunión y decido que fue
durante mi visita al baño, porque dejé el portafolio y el móvil en la mesa.
¡No puedo creer que curioseara en mi móvil!
—Necesito poder localizarte.
Oh, no. Está claro que Patrick no se lo ha dicho. De todos modos, uno
no va por ahí tocando móviles ajenos. Se lo tiene muy creído. ¿Y lo de
grabarse como «Tom»? Es un pelín demasiado familiar.
—Patrick debería haber contactado con usted —lo informo con
frialdad—. Me temo que no puedo ayudarlo, pero él estará encantado de
hacerlo.
—Patrick ya ha hablado conmigo —responde. Suspiro de alivio, pero
en seguida frunzo el ceño. Entonces ¿por qué me llama?—. Estoy seguro
de que Patrick estará encantado de ayudarme, pero yo no tanto.
Me quedo boquiabierta. ¿Quién se cree que es? ¿Me ha llamado para
decirme que no le gusta? Este hombre se pasa de arrogante. Cierro la boca.
—Siento mucho oírlo. —No parece que lo sienta; parece que estoy
enfadada.
—¿De verdad?
Y vuelve a pillarme por sorpresa. No, no lo siento, pero eso no voy a
decírselo.
—Sí —miento. Quiero añadir que nunca podría trabajar con un cerdo
guapo y arrogante como él, pero me contengo. No sería muy profesional.
Lo oigo suspirar.
—No creo que lo sientas, _____. —Mi nombre suena a terciopelo en sus
labios, y me provoca un estremecimiento familiar. ¿Cómo sabe que no lo
siento?—. Creo que me estás evitando —añade.
Como esto siga así, voy a dislocarme la mandíbula. Provoca
sentimientos nada deseables en mí, y el hecho de saber que tiene una
relación con alguien no ayuda nada.
—¿Por qué iba a hacer yo algo así? —digo con atrevimiento. Eso
debería obligarlo a callar.
—Pues porque te sientes atraída hacia mí.
—¿Perdone? —le espeto. Su soberbia no tiene límites. ¿Es que no
tiene vergüenza? El hecho de que haya dado en el clavo no es relevante.
Habría que estar ciega, sorda y tonta para no sentirse atraída por aquel
hombre. Es la perfección personificada, y está claro que lo sabe.
Suspira.
—He dicho que...
—Ya, le he oído —lo interrumpo—. Es que no puedo creerme que lo
haya dicho. —Me desplomo sobre mi silla.
Nunca he visto nada parecido. Me deja pasmada. ¿El tipo tiene a una
persona especial en su vida y está flirteando por teléfono conmigo?
¡Menudo donjuán! Tengo que volver a centrar la conversación en lo
profesional y colgar cuanto antes.
—Le pido disculpas por no estar disponible para su proyecto —suelto
de un tirón, y cuelgo. Me quedo mirando el teléfono.
Ha sido una falta de educación y nada profesional, pero es tan lanzado
que me ha dejado estupefacta. Cada minuto que transcurre tengo más claro
que pasarle el contrato a Patrick ha sido lo más sensato. Me llega un
mensaje de texto.
No lo has negado. Que sepas que el sentimiento es mutuo. Bs, T
«¡Me cago en la hostia!» Me llevo la mano a la boca y aprieto con
fuerza para evitar que las palabrotas mentales salgan de mis labios. No, no
lo he negado. ¿Y él se siente atraído por mí? ¿Soy un pelín joven para él o
él es demasiado mayor para mí? ¿Besos? Cabrón engreído. No contesto; no
tengo ni idea de cómo responder. En vez de eso, meto el móvil en el bolso
y me voy a comer con Kate.

—¡Madre mía! —exclama Kate al mirar mi móvil. Su pelo rojo,
recogido en una cola de caballo, ondea de un lado a otro cuando menea la
cabeza—. ¿Le has contestado? —Me mira expectante.
—Dios, no —me río. ¿Qué me aconsejaría que le dijese? Me tiene
pasmada.
—¿Y tiene novia?
—Sí —asiento al tiempo que enarco las cejas.
Deja el teléfono encima de la mesa.
—Qué pena.
¿Sí? La verdad es que simplifica bastante las cosas. Eso supera sin
duda las reacciones que provoca en mí. Kate es mucho más atrevida que
yo. Le habría contestado algo sorprendente y sugerente, y es probable que
lo hubiese dejado boquiabierto. Esta chica podría competir con cualquier
devoradora de hombres. Como es muy lanzada, los espanta a casi todos en
la primera cita; sólo los más fuertes sobreviven. El pelo rojo y largo de
Kate tiene tanta personalidad como ella. Es una mujer segura de sí misma,
independiente y decidida.
—La verdad es que no —musito, y cojo mi vaso de vino de la hora de
comer para darle un sorbo—. Además, sólo hace cuatro semanas que Matt
y yo hemos roto. No quiero hombres en mi vida, de ninguna clase. —Me
gusta sonar decidida—. Estoy disfrutando de estar soltera y sin ataduras
por primera vez en mi vida —añado. Así es como me siento. Estuve cuatro
años con Matt y, antes de eso, mantuve una relación de tres años con
Adam.
—¿Has visto al capullo? —Kate pone cara de asco cuando menciono
el nombre de mi ex.
No soporta a Matt, y se alegró de que rompiera con él. Que Kate lo
pillara in fraganti con una compañera de trabajo en un taxi sólo confirmó
lo que yo ya sabía. No sé por qué hice la vista gorda durante tanto tiempo.
Cuando hablé con él, con calma, se deshizo en disculpas y casi se desmaya
cuando le dije que no me importaba. Era verdad, y yo también estaba
sorprendida. La relación se había terminado y él opinaba lo mismo. Todo
fue muy amistoso, para disgusto de Kate. Ella quería vajillas rotas e
intervenciones policiales.
—No —respondo.
—Nos lo estamos pasando bien, ¿verdad? —Me sonríe, y entonces
llega la camarera con nuestra comida.
—Voy al servicio. —Me levanto y dejo a Kate comiendo patatas fritas
con mayonesa.
Después de entrar en el baño, me miro al espejo, me retoco el brillo de
labios y me atuso el pelo.
Hoy se está portando bien, así que lo llevo suelto sobre los hombros.
Me aliso los pantalones capri negros y me quito un par de pelos de la blusa
de color crema. El teléfono suena cuando voy de camino al bar. Lo saco de
bolso y pongo los ojos en blanco al ver que es él otra vez. Probablemente
se esté preguntando dónde está mi respuesta a su nada apropiado mensaje
de texto. No voy a entrar en ese juego.
—Rechazar —le digo al teléfono. Aprieto con decisión el botón rojo y
vuelvo a guardarlo en el bolso mientras avanzo por el pasillo—. Uy, lo
siento mucho —farfullo al darme de bruces contra un tórax.
Es un torso firme, y el embriagador perfume a agua fresca que me
inunda me resulta muy familiar. Mis piernas se niegan a moverse y no sé
qué voy a ver si levanto la vista. Sus brazos ya están alrededor de mi
cintura, sujetándome, y mis ojos quedan a la altura de la parte superior de
su pecho.
Veo cómo le late el corazón a través de la camisa.
—¿Rechazar? —dice en voz baja—. Eso me ha dolido.
Me aparto de su abrazo e intento recobrar la compostura. Está
impresionante, con un traje gris marengo y una camisa blanca y planchada.
Mi incapacidad para apartar la vista de su pecho por miedo a quedar
hipnotizada por sus potentes ojos cafeces hace que me entre la risa.
—¿Qué te hace tanta gracia? —me pregunta. Sospecho que frunce el
ceño ante mis carcajadas, aunque, como me niego a mirarlo, no puedo
confirmarlo.
—Lo siento. No miraba por dónde iba. —Lo esquivo, pero me coge
del codo y detiene mi huida.
—Antes de irte, dime una cosa, ____. —Su voz despierta mis sentidos
y mis ojos viajan por su cuerpo esbelto hasta que nuestras miradas se
encuentran. Está serio, pero sigue siendo impresionante—. ¿Cuánto crees
que vas a gritar cuando te folle?
«¿QUÉ?»
—¿Perdone? —consigo espetarle pese a que mi lengua parece de
trapo.Medio sonríe ante mi sorpresa. Me levanta la barbilla con el índice y
la empuja hacia arriba para hacerme callar.
—Piénsalo. —Me suelta el codo.
Le lanzo una mirada furibunda antes de volver a nuestra mesa con el
paso más firme que mis temblorosas piernas me permiten. ¿Lo he oído
bien? Me siento en la silla y me bebo todo el vino intentando humedecer
mi boca seca.
Cuando miro a Kate, está boquiabierta. Sobre su lengua veo los trozos
a medio masticar de patatas fritas y de pan. No es nada bonito.
—¿Quién coño es ése? —balbucea con la boca llena.
—¿Quién? —Miro alrededor haciéndome la loca.
—Ése. —Kate señala con el tenedor—. ¡Mira!
—Lo he visto, pero no lo conozco —respondo molesta.
«¡Déjalo ya!»
—Viene hacia aquí. ¿Seguro que no lo conoces? Joder, está
buenísimo. —Me mira. Me encojo de hombros.
Vete, por favor. Vete. ¡Vete! Cojo un solitario trozo de lechuga de mi
sándwich de beicon, lechuga y tomate y empiezo a mordisquear los bordes.
Me pongo tensa y sé que se está acercando porque Kate levanta la vista
para adaptarla a su altura. ¡Ojalá cerrase la dichosa boca de una vez!
—Señoritas. —Su voz grave y profunda me hace cosquillas en la piel.
No me ayuda a relajarme, precisamente.
—Hola —escupe Kate, y mastica a toda velocidad para librar a su
boca de la obstrucción que le impide hablar.
—¿____? —me saluda. Muevo mi hoja de lechuga en dirección a él
para indicarle que sé que está ahí sin tener que mirarlo. Se ríe un poco.
Con el rabillo del ojo, veo que se agacha hasta ponerse en cuclillas a
mi lado, pero aun así me niego a mirarlo. Apoya un brazo en la mesa y
oigo a Kate toser y escupir los restos de comida.
—Así está mejor —dice. Puedo sentir su aliento en la mejilla.
De mala gana, levanto la vista y bajo las pestañas veo que Kate me
está mirando boquiabierta, con los ojos como platos y en plan: «¡Sigue
aquí! ¡Habla con él, idiota!» No se me ocurre nada que decir. Este hombre
me ha dejado inútil otra vez.
Lo oigo suspirar.
—Soy Tom Kaulitz, encantado de conocerte. —Tiende la mano hacia el
otro lado de la mesa.
Kate la coge encantada.
—¿Tom? —farfulla—. ¡Ah, Tom! —Me mira de forma acusadora—.
Yo soy Kate. ____ me ha dicho que tienes un hotel pijo.
Le lanzo una mirada furibunda.
—¿Me ha mencionado? —pregunta con suavidad. No tengo que
mirarlo para saber que ha puesto cara de engreído satisfecho ante la noticia
—. Me gustaría saber qué más te habrá dicho.
—Nada. Poco más —dice Kate intentando arreglarlo, pero ya es
demasiado tarde para retractarse de la última frase. Le lanzo mi peor
mirada asesina.
—Poco más —contraataca él.
—Sí, poco más —sostiene Kate.
Harta del pequeño intercambio estéril con el que los dos parecen estar
disfrutando, me hago cargo de la situación y lo miro.
—Ha sido agradable volver a verlo. Adiós.
Nuestras miradas se cruzan de inmediato y sus ojos cafeces, con los
párpados pesados, oscuros y exigentes, acaban conmigo. Siento su
respiración vacilante y aparto la mirada de la suya, pero sólo para llevarla
a su boca. Tiene los labios húmedos, entreabiertos, y, lentamente, saca un
poco la lengua y se la pasa muy despacio por el labio inferior. No puedo
dejar de mirarlo. Sin que nadie se lo ordene, mi lengua responde con una
feliz expedición por mi labio inferior. Traiciona mis intentos por aparentar
frialdad, como si aquello no me afectara... Pero más bien ocurre todo lo
contrario.
Esto es una locura. Esto... lo que sea que es... es una locura. Tiene
demasiada confianza en sí mismo y es un arrogante, pero probablemente
tenga motivos para serlo. Deseo desesperadamente que este hombre deje de
afectarme.
—¿Agradable? —Se inclina hacia adelante, me coge el muslo y la
lava líquida me inunda las ingles. Muevo las piernas y junto los muslos
para controlar la pulsación que amenaza con convertirse en una palpitación
tremenda—. Se me ocurren muchas palabras, ____. «Agradable» no es una
de ellas. Te dejo para que medites sobre mi pregunta.
¡Por el amor de Dios! Trago saliva cuando se inclina hacia mí a media
altura y me posa los labios húmedos en la mejilla prolongando el beso toda
una eternidad. Aprieto los dientes intentando no volverme hacia él.
—Hasta pronto —susurra. Es una promesa. Suelta mi muslo tenso y se
levanta—. Encantado de conocerte, Kate.
—Mmm, lo mismo digo —responde pensativa.
Se marcha hacia la parte de atrás del bar. Ay, Dios, camina con
decisión y es de lo más sexy. Cierro los ojos para recuperar mis
habilidades mentales, que ahora mismo están hechas pedazos por el suelo
del bar. No tiene remedio. Me vuelvo hacia Kate y me encuentro con unos
acusadores ojos azules abiertos como platos y que me miran como si me
hubieran salido colmillos.
Las cejas le llegan a la línea de nacimiento del pelo.
—Joder, eso ha sido intenso —escupe hacia mi lado de la mesa.
—¿Tú crees? —Empiezo a juguetear con mi sándwich por el plato.
—Corta el rollo del bla-bla-bla ahora mismo o te meto el tenedor por
el culo, tan adentro que vas a masticar metal. ¿Sobre qué pregunta tienes
que meditar? —Su tono es fiero.
—No lo sé. —Me la quito de encima—. Es atractivo, arrogante y tiene
novia. —Le doy datos vagos.
Kate suelta un silbido largo y amplificado.
—Nunca había sentido nada parecido. Había oído hablar de ello, pero
nunca lo había presenciado.
—¿A qué te refieres? —le espeto.
Se inclina sobre la mesa, muy seria.
—¡_____, la tensión sexual entre ese hombre y tú era tan fuerte que
hasta yo me he puesto cachonda! —ríe—. Te desea con ganas. No podría
haberlo dejado más claro ni aunque te hubiera abierto de piernas sobre la
mesa de billar. —Señala con el dedo, y voy yo y miro.
—Eso son imaginaciones tuyas —resoplo. Sé que no se inventa nada,
pero ¿qué puedo decirle?
—He visto el mensaje de texto y ahora al hombre en carne y hueso.
Está muy bueno... para ser mayor. —Se encoge de hombros.
—No me interesa.
—¡Ja! No te lo crees ni tú.
Le lanzo una mirada furibunda a mi mejor amiga.
—Me lo creeré.
—Ya me dirás qué tal te va. —Me la devuelve, más bien
entusiasmada.

Vuelvo a la oficina y me paso el resto del día sin hacer absolutamente
nada. Jugueteo con el boli, voy al baño quince veces y finjo escuchar a
Ken hablar sin cesar del Orgullo Gay y todo lo demás. Mi teléfono suena
cuatro veces —y las cuatro resulta ser Tom Kaulitz— y rechazo todas y cada
una de las llamadas. Me asombra la persistencia de ese hombre, y la
confianza que tiene en sí mismo.
¿Cuánto gritaría?
¡Estoy perpleja!
Soy feliz, estoy disfrutando de mi libertad y no tengo intención de
modificar mis planes de seguir soltera y sin compromiso. No voy a
liarme con un extraño, por muy guapo que sea. Y lo cierto es que está para
chuparse los dedos. Además, es demasiado mayor para mí y, todavía más
importante, está claro que ya está pillado, lo que hace aún más evidente el
hecho de que es todo un donjuán. No es la clase de hombre por la que me
conviene sentir atracción, caramba, y menos después de Matt y sus
infidelidades. Necesito un hombre que sea fiel, protector y que cuide de
mí. Y a ser posible que tenga mi edad. ¿Cuántos años tendrá?
El teléfono me informa de que tengo un mensaje de texto y doy un
salto que me saca de mis cavilaciones. Sé de quién es antes de verlo.
No es agradable que te rechacen. ¿Por qué no me coges el teléfono? Bs, T
Me río sola, lo que llama la atención de Victoria, que está rebuscando
en el archivador que hay cerca de mi mesa. Sus cejas perfectamente
depiladas se arquean. No creo que ese tío esté acostumbrado al rechazo.
—Es Kate —digo a modo de explicación, y ella vuelve a rebuscar en
el archivador.
Debería ser obvio por qué no le cojo el dichoso teléfono. No quiero
hablar con él. Me pone de los nervios, me provoca demasiadas reacciones
y, para ser sincera, no confío en mi cuerpo cuando lo tengo cerca. Parece
que responde a su presencia sin que ni mi cerebro ni yo le digamos nada, y
eso puede ser muy peligroso.
Mi móvil vuelve a sonar y rechazo la llamada rápidamente. ¡Dame un
minuto para que responda! ¿Acaso voy a responder? No voy a librarme
nunca de él. Necesito mostrarme implacable.
Si tiene que hablar de las especificaciones, debería llamar a Patrick, no a mí.
Toma. Sin firma y, desde luego, sin beso. No se lo he deletreado, pero
debería captar el mensaje. Dejo el móvil en la mesa, decidida a hacer algo
productivo, pero vuelve a sonar. Lo levanto de inmediato y, con la mano
libre, cojo el café.
Mis especificaciones son hacerte gritar. No creo que Patrick
pueda ayudarme con eso.
Me muero de ganas. ¿Crees que tendré que amordazarte? Bs, T
Me atraganto y escupo el café sobre la mesa. ¡Será descarado! ¿Hasta
dónde llega la desfachatez y la desvergüenza de un hombre? ¿Me ha
tomado por una chica fácil o algo así?
Pongo el móvil en silencio y lo aprieto asqueada contra la mesa. No
tengo intención de contestarle. Si lo hago, lo estaré animando. Existe una
línea muy fina entre la confianza en uno mismo y la arrogancia, y Tom
Kaulitz la supera con creces. Siento lástima por la pobre morritos carnosos.
¿Sabe que su hombre se dedica a perseguir a mujeres jóvenes?
La pantalla del móvil se ilumina de nuevo. Lo cojo y lo apago antes de
que nadie se dé cuenta. Abro un cajón, lo meto dentro y cierro de golpe.
Captará el mensaje.
Intento sacar adelante algo de trabajo, pero estoy demasiado distraída.
En mis correos electrónicos aparecen palabras extrañas —que no tienen
cabida en la correspondencia profesional— mientras tecleo en el
ordenador, ausente. Suena el teléfono de la oficina.
Levanto la vista y veo que Sally no está en su mesa, así que lo cojo yo.
—Buenas tardes. Rococo Union.
—¡No cuelgues! —dice a toda velocidad.
Me yergo en la silla. Incluso su tono de urgencia me pone la piel de
gallina. No va a ceder. Está muy curtido.
—_____, lo siento. Lo siento mucho.
—¿De verdad? —No puedo ocultar la sorpresa de mi voz. Tom Kaulitz
no parece la clase de hombre que se disculpa porque sí.
—Sí, de verdad. Te he hecho sentir incómoda. Me he pasado de la
raya. —Parece sincero—. Te he molestado. Por favor, acepta mis
disculpas.
Yo no diría que su atrevimiento y sus comentarios me hayan
molestado. Me han dejado a cuadros, más bien. Supongo que
hay quien incluso admiraría la confianza en sí mismo que tiene.
—De acuerdo —digo vacilante—. ¿Así que ya no quiere hacerme
gritar ni amordazarme?
—Pareces decepcionada, _____.
—Para nada —le suelto.
Hay un breve silencio antes de que él vuelva a hablar.
—¿Podemos empezar de cero? Nos centraremos en lo profesional, por
supuesto.
Ah, no. Quizá lo sienta de verdad, pero eso no elimina el efecto que
tiene sobre mí. Y tampoco se me quita de la cabeza que todo podría ser un
plan para camelarme y así poder perseguirme a gusto.
—Señor Kaulitz, de verdad que no soy la persona adecuada para este
trabajo. —Me doy la vuelta en la silla para ver si Patrick está en su
despacho. Así es—. Señor Kaulitz, ¿le paso con Patrick? —Rezo
mentalmente para que pille la indirecta.
—Llámame Tom. Me haces sentir mayor cuando me llamas «señor
Kaulitz» —gruñe. Cierro el pico cuando mis labios se abren y casi se me
escapa la pregunta. Todavía siento curiosidad, pero no voy a volver a
preguntárselo—. _____, si te hace sentir mejor, puedes tratar con John. ¿Cuál
es el siguiente paso?
¿Sí? ¿Me haría sentir mejor? Todo lo que Kaulitz tiene de atrevido, lo
tiene el grandullón de intimidatorio. No estoy segura de que me sintiese
más cómoda con su oferta de tratar con John en vez de con él, pero el
hecho de que esté dispuesto a hacerlo me dice que de verdad quiere que yo
me encargue del diseño. Me imagino que es un cumplido. La Mansión
quedaría genial en mi portafolio.
—Necesito medir las habitaciones y hacer algunos bocetos. —Escupo
las palabras impulsivamente.
—Perfecto. —Parece aliviado—. Haré que John te acompañe por las
habitaciones. Puede aguantarte la cinta métrica. ¿Qué tal mañana?
¿Mañana? Sí que está impaciente. Resulta que no puedo. Tengo varias
citas a lo largo del día.
Y el miércoles tampoco puede ser.
—No puedo ni mañana ni el miércoles. Lo siento.
—Vaya —dice en voz baja—. ¿Trabajas por las noches?
¿Trabajo por las noches? Bueno, no me gusta en especial, pero
muchos de mis clientes están en sus despachos de nueve a cinco y no
pueden quedar en horas de oficina. Prefiero trabajar hasta última hora los
fines de semana. Nunca dejo que me convenzan para visitas en fin de
semana.
—Podría ir mañana por la tarde —digo pasando la página de mi
agenda para ver lo que tengo al día siguiente. Mi última cita es a las cinco,
con la señora Kent—. ¿A eso de las siete? —pregunto mientras anoto su
nombre a lápiz.
—Perfecto. Me gustaría decir que me hace mucha ilusión, pero no
puede ser porque no te veré. —No lo veo, pero sé que, seguramente, está
sonriendo. Su tono de voz lo delata. No puede evitarlo—. Avisaré a John de
que llegarás a las siete.
—Alrededor de las siete —añado. No sé cuánto tardaré en salir de la
ciudad a esa hora.
—Alrededor de las siete —confirma—. Gracias, _____.
—De nada, señor Kaulitz. Adiós. —Cuelgo y empiezo a darme
golpecitos con la uña en uno de los dientes de arriba.
—¿____? —Patrick me llama desde su despacho.
—¿Sí? —Giro la silla para verlo.
—La Mansión. Te quieren a ti, flor. —Se encoge de hombros y vuelve
a la pantalla de su ordenador.

No, Kaulitz me quiere a mí.


HEY!!!! BUENO AQUI ESTA EL 3 CAPS ... ESPERO Y LES GUSTE ... YA SABEN 4 O MAS Y AGREGO SINO NO ... ADIOS :))

4 comentarios:

  1. Ayyyy!! Pero porque lo rechaza tantooooooooo , pobresito de tom jajajaja , buenisimaa fic sube pronto bye cuidate

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  2. Ese Tom es un mandadooo!!
    Siguelaaa.. Me encantaaa!!

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  3. :O Tom es simplemente directo y sincero con (Tn), me encanto virgi espero el próximo cap..

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