domingo, 22 de marzo de 2015

CAPITULOS 19 Y 20

CAPITULO 19.-
Salgo de la pista de baile con la mano de Tom apoyada en la cadera. Va
apartando a la gente con el otro brazo y me guía entre la multitud. Me lleva
hasta una mesa alta, pero se han llevado los taburetes.
—Espera aquí. —Me deja junto a la mesa, me pone una mano en la
nuca, tira de mí y me planta un beso en la frente—. No te vayas.
Dejo el bolso sobre la mesa y veo que desaparece entre la multitud.
No tengo mucho tiempo para aclararme las ideas, lo cual, seguramente, sea
algo positivo, porque no sé qué pensar. Kate y los demás aparecen entre la
gente, riendo y sudando, con Georg y Gustav detrás. Georg ve que estoy sola.
—¿Y Tom?
Enarco las cejas.
—No lo sé —respondo, y señalo en la dirección por la que se ha
marchado justo cuando reaparece entre la masa con un taburete sobre la
cabeza.
Lo deja en el suelo.
—Siéntate —me ordena, y me levanta y me coloca sobre el asiento.
Es un alivio, los pies me están matando—. ¿Pido algo? —pregunta. Todo el
mundo asiente y le dice lo que quiere tomar; parece estresarse un poco
cuando se inclina para escuchar los pedidos.
Georg se ofrece a ayudarlo.
—Yo te echo una mano.
—Sí, yo también. —Gustav sigue a Tom y a Georg hasta la barra y me
dejan sola con las miradas inquisidoras de mis amigos.
—¿Qué? —pregunto como si no lo supiera. De repente el vino se me
sube a la cabeza.
Kate me mira con una ceja bien enarcada y se cruza de brazos. Que se
vaya a la mierda. Si él está aquí es por su culpa.
—Te veo muy cómoda —espeta.
Ken se pasa la mano por las exageradas solapas de su camisa de color
coral.
—¿Cómoda? Madre mía, nena. ¡Después de lo que acabo de ver te
espera una larga noche de sexo apasionado, querida! —Levanta las dos
manos y Kate y Victoria responden chocándole una cada una al unísono.
Lanzo una mirada asesina a Kate.
—Ya hablaremos tú y yo —la amenazo.
Ella inspira profundamente.
—Vaya, qué agresiva. Me gusta todo lo que este tío saca de ti.
Sí, ya ha dejado bien claro que le gusta este hombre, y quiero saber a
qué han venido los cuchicheos de antes.
—¿Habéis visto cómo bailaba? —interviene Victoria.
—No lo hace mal —dice Ken con un mohín. Ay, Dios mío, alguien le
ha robado el protagonismo en la pista de baile. Es posible que Tom se haya
ganado un enemigo de por vida.
—A ti también se te ve muy cómoda. —Se la devuelvo a Kate, y
señalo con la cabeza a Georg, que regresa entre la gente con tres bebidas en
las manos.
—Sólo me estoy divirtiendo. —Se encoge de hombros.
Joder, eso espero. ¿Debo contarle lo del Starbucks?
—¿Y tú? —digo mirando a Victoria.
Ella me mira estupefacta.
—¿Yo qué?
—Sí, se te veía muy a gusto con Gustav.
Ken levanta las manos exasperado.
—¡Esto es muy injusto! Quiero ir al Route Sixty. —Se vuelve hacia
Victoria—. ¡Querida, por favor!
—¡No! —exclama ella, y no me extraña. Para una vez que es Victoria
y no Ken quien liga y quien posiblemente acabe teniendo algo de acción...
Georg deja las bebidas sobre la mesa y Gustav hace lo propio, rozando
sospechosamente a Victoria con el cuerpo. Ella se echa a reír y se atusa el
pelo. Necesita deshacerse de ese bronceado artificial.
Georg sonríe.
—Vino para Kate. —Hace una reverencia cuando le entrega la copa—.
Vodka para Victoria y... No tengo ni idea de qué es esto, pero es una
mariconada, así que debe de ser para ti —bromea, y le pasa a Ken la piña
colada al tiempo que le guiña un ojo.
Ken se pone como un tomate y le hace un gesto a Georg con la muñeca
floja. No me lo puedo creer. Es la primera vez que veo a Ken mostrar
timidez. Vaya, no puedo dejar pasar esta oportunidad.
—¡Ken, tu cara hace juego con la camisa! —suelto, y empiezo a
partirme de risa.
Todo el mundo se vuelve para mirarlo, lo que no hace sino intensificar
su rubor y, por tanto, su humillación. Estallan las risas. Ken resopla unas
cuantas veces y se larga.
—¿Qué tiene tanta gracia? —pregunta Tom cuando llega y deja mi
vino y una botella de agua sobre la mesa. No puedo hablar. Todavía estoy
recuperándome del ataque de risa. Me seco las lágrimas de los ojos.
—Acabamos de encontrar el talón de Aquiles de Ken —explica Kate
al ver que soy incapaz de recobrar la compostura. Tom observa perplejo al
grupo de hienas muertas de risa que se ha encontrado al volver. Georg se
encoge de hombros y da unos tragos a su cerveza.
—Georg —digo ya algo más calmada.
—¿Georg? —Tom arquea una ceja.
Victoria interviene.
—¡A Ken le gusta Georg! —exclama con entusiasmo.
Tom sacude la cabeza y coge la botella de agua. Desenrosca el tapón
y da un sorbo.
—Toma, bebe un poco.
Me pone la botella debajo de la nariz.
—No. —Arrugo la cara y la aparto de mí.
—Bebe un poco de agua, _____. Me lo agradecerás por la mañana.
—No quiero agua.
Me mira con el ceño fruncido y todo el mundo observa nuestra
pequeña disputa. No pienso discutir ahora. Le aparto el brazo estirado y
cojo el vino, levanto la copa en su cara y le doy un trago. En realidad, me
lo bebo entero. Justo cuando voy a dejarla de nuevo sobre la mesa, me paro
a mirar a Tom. Está cabreado: tiene los labios apretados y sacude la
cabeza con desaprobación.
—No —repito con firmeza para dejar clara mi respuesta. Ya me ha
fastidiado la noche de superación. No va a decirme también lo que tengo
que beber.
—Adiós a la larga noche de sexo apasionado —dice Georg sonriendo
con malicia, y Kate empieza a partirse de risa.
—Vete a la mierda, Georg —lo reprende Tom con un tono superserio.
Está muy disgustado, pero yo estoy borracha y rebelde y me trae sin
cuidado.
Georg levanta las manos y se aparta de inmediato. Al mismo tiempo,
Kate aprieta los labios para aguantarse la risa y me lanza una miradita. Me
encojo de hombros. Me pregunto si el Tom mandón y dominante le gustará
tanto como el caballeroso.
Gustav hace un gesto con la cabeza y él y Victoria se apartan a un
rincón donde no podemos oírlos. Por lo general es algo engreído y rebosa
seguridad en sí mismo, pero parece tímido mientras Victoria charla
alegremente con él. Gustav saca el móvil del bolsillo y empieza a teclear los
números que ella le dicta. Cuando ha terminado, le muestra la pantalla para
que los compruebe. Un hombre que no tiene intenciones de llamar no haría
eso. Qué interesante.
Apenas soy consciente de la conversación que tiene lugar a mi
alrededor pero, de repente, todo se nubla. No debería haberme tomado esa
última copa. Y lo he hecho sólo por una chiquillada. Tom tiene razón,
joder. Mañana me arrepentiré. El sonido de las voces se apaga y empiezo a
ver doble.
Sí, misión cumplida... ¡voy pedo!
Tom me pone la mano en el cuello y me lo masajea por encima del
pelo mientras charla con Georg. Cierro los ojos y agradezco su firme tacto
mientras trabaja mis músculos. Es una sensación muy agradable. Si sigue
haciéndolo me dormiré.
Cuando abro los ojos, Tom está delante de mí mirándome a los ojos
ebrios y sacudiendo la cabeza.
—Venga, señorita, te llevaré a casa.
Lo golpeo con el brazo muerto.
—Estoy bien. —No va a fastidiarme mi noche de superación. Oigo
que Kate y él intercambian unas palabras. Después, me levanta del taburete
y me pone de pie.
—¿Puedes andar? —pregunta.
—Pues claro, no estoy tan borracha. —Sí que lo estoy. Y, por lo visto,
también tengo ganas de discutir.
Todos desfilan ante mí y me dan un beso en la mejilla mientras Tom
me sostiene. Qué patético. Tras asegurarse de que me he despedido de
todos, me guía fuera del bar. Me avergüenza admitirlo, pero si no me
estuviese sujetando de la cintura me caería de bruces.
El aire fresco me golpea y hace que me tambalee ligeramente, pero
Tom evita que me caiga y, de pronto, siento el familiar confort de su
pecho contra mi mejilla mientras me guía hacia su coche.
—No me vomitarás encima, ¿verdad? —pregunta.
—No —contesto indignada.
—¿Seguro? —Se echa a reír, y las vibraciones de su pecho me
atraviesan.
—Estoy bien —balbuceo contra su camisa.
Parece mi padre. ¿Podría ser mi padre? No, ningún padre sobre la faz
de la tierra baila o folla como Tom. ¡Vaya! ¡Mi mente ebria es una
indecente!.
—Vale, pero te agradecería que me avisaras un momento antes de
hacerlo. Voy a meterte en el coche.
—Que no voy a vomitar —insisto.
Me mete en su coche y siento el cuero frío en la espalda y en las
piernas cuando me deja encima del asiento. Se inclina sobre mí y me
abrocha el cinturón. Su aliento fresco invade mis orificios nasales. Soy
capaz de reconocerlo hasta en este estado. Cuando se aparta, veo dos
Tom. Intento centrar la vista y acabo viendo una enorme sonrisa.
—Hasta borracha eres adorable. —Se agacha y me da un beso ligero
en los labios—. Voy a llevarte a mi casa.
Parece que se han desconectado todas mis funciones excepto la
capacidad de discutir.
—No voy a ir a tu casa —digo arrastrando las palabras.
—Sí que vas a venir —asevera.
Reconozco su tono severo a pesar del sopor etílico. Aunque tampoco
es que le haga mucho caso. La puerta del copiloto se cierra de un golpe y
Tom se sienta en seguida ante el volante.
—No voy a ir, llévame a mi casa.
—Olvídalo, _____. No voy a dejarte sola en tu estado. Fin de la historia.
—Eres un mandón —me quejo—. Quiero irme a casa. —Lo cierto es
que no sé qué quiero hacer. ¿Qué más da dónde duerma esta noche? Pero
mi ebria testarudez se empeña en acabar con todo atisbo de sensatez que
pueda quedar en mi cerebro empapado de vino. ¡Quiero irme a mi casa y
punto!
Él se echa a reír.
—Ve acostumbrándote.
—¡No! —Me apoyo en el reposacabezas y cierro los ojos. He
entendido esa frase lo suficiente como para desafiarla. Me sorprende
conservar aún algo de coherencia.
—Eres encantadora, pero también te pones muy tonta cuando estás
borracha —gruñe.
—Me alegro —repongo con arrogancia.
Arranca el coche y las vibraciones del motor empiezan a revolverme
el estómago. Tom se ríe en voz baja.
—¿Tom?
—¿Qué, ____?
—¿Cuántos años tienes? —Qué pregunta más tonta. Aunque cejase en
su empeño de ocultarme su edad, mañana no me acordaría.
Suspira.
—Veinticinco.
Estoy muy borracha y el traqueteo del coche está empezando a
afectarme a pesar de tener los ojos cerrados.
—No me importa cuántos años tengas —farfullo.
—¿Ah, no?
—No. No me importa nada, te quiero igual.
Antes de perder la consciencia, oigo que inspira profundamente.

CAPITULO 20.-
«¡Ay!»
La luz me bombardea los ojos sensibles y vuelvo a cerrarlos de nuevo.
Qué horror. Me doy media vuelta y de inmediato soy consciente de que no
estoy en mi cama. Abro los ojos de golpe y me siento. ¡Ay! ¡Au!
Me agarro la cabeza para intentar mitigar el dolor. No funciona. Sólo
un disparo en el cerebro aliviaría estos pinchazos. No hay nada que cure
esta resaca. Lo sé.
Miro a mi alrededor y reconozco la estancia al instante. Estoy en la
suite principal del Lusso. Vale, no tengo ni idea de cómo he llegado aquí.
Nunca había estado tan borracha como para no acordarme de las cosas.
Pienso en lo que pasó anoche y recuerdo la escena que montó Tom con el
pobre Petulante. Después estuve bailando. Y también recuerdo que discutí
con él en los baños. Y que luego volví a bailar. Ah, y que Ken se cabreó,
pero... nada más.
Me preguntaría cómo he acabado aquí, pero si Tom estaba en el bar
no hace falta que me lo plantee. Cojo las sábanas y las levanto para mirar
debajo. Tengo las bragas y el sujetador puestos, así que no creo que
follásemos. Sonrío para mis adentros.
Madre mía, necesito un cepillo de dientes y un poco de agua
urgentemente. Me incorporo con cautela y me quito las sábanas de encima.
El delicioso olor corporal de Tom alcanza mis orificios nasales. Cada
movimiento que hago me provoca un terrible dolor de cabeza y, cuando
consigo levantarme, vestida sólo con la ropa interior, me tambaleo.
Todavía estoy borracha.
—¿Cómo está mi borrachita esta mañana? —pregunta con aires de
superioridad. ¿Por qué no impidió que siguiera bebiendo?
Se acerca a mí. Está tremendo con esos bóxeres blancos y con pelo de
recién levantado. Yo debo de estar horrible con el pelo suelto y el
maquillaje corrido.
—Fatal —confieso malhumorada. ¿Ésa es mi voz? Estoy afónica.
Él se echa a reír. Si pudiera coordinar mis movimientos, le daría un
bofetón. Me rodea con los brazos, y yo agradezco el apoyo y hundo la
cabeza en su pecho. Podría volver a dormirme perfectamente.
—¿Quieres desayunar? —Comienza a acariciarme el pelo.
Incluso sus suaves caricias me resultan insoportablemente estridentes,
y sólo pensar en comida me dan ganas de vomitar. Debe de sentir mis
arcadas y mis convulsiones, porque se echa a reír otra vez.
—¿Un poco de agua, entonces?
—Sí, por favor —musito contra su pecho.
—Ven aquí. —Me coge en brazos, me lleva al piso de abajo, a la
cocina, y me coloca sobre la encimera con suavidad.
—¡Joder! ¡Qué fría está!
Se echa a reír y me suelta poco a poco, como si temiera que fuese a
caerme. Quizá lo haga. Me encuentro fatal. Me agarro al borde de la
encimera para sujetarme y me fijo, con los ojos entrecerrados, en que Tom
tiene que abrir casi todos los armarios antes de dar con el que contiene los
vasos.—¿No sabes dónde tienes los vasos?
Rebusca en un cajón y saca un sobrecito blanco.
—Estoy aprendiendo. Mi asistenta me lo explicó, pero estaba algo
distraído.
Rasga el sobre y vierte su contenido en un vaso. Se le mueven los
músculos de la espalda cuando coge una botella de agua de la nevera; llena
el vaso rápidamente y vuelve a mi lado.
—Es Alka-Seltzer. Te encontrarás mejor dentro de media hora.
Bébetelo.
Intento cogerlo, pero mis brazos no se coordinan con mi cerebro. Sin
que le diga nada, se cuela entre mis muslos y me pone el vaso en los labios.
Me lo bebo todo.
—¿Más?
Niego con la cabeza.
—No pienso volver a beber en la vida —farfullo, y me dejo caer
contra su pecho.
—Me harías muy feliz. Te vuelves muy beligerante cuando estás
borracha. —Me acaricia la espalda.
—¿Sí? —No me acuerdo.
—Sí. Prométeme que no llegarás a ese estado cuando yo no esté para
cuidarte.
—¿Discutimos? —pregunto. Recuerdo la disputa en el baño, pero
hicimos las paces después de eso.
Él suspira.
—No, renuncié al poder temporalmente.
—Tuvo que costarte mucho esfuerzo —respondo con sequedad.
Alarga el brazo y me tira del tirante del sujetador.
—Pues sí, pero tú mereces la pena. —Me besa el pelo, se aparta y
observa mi cuerpo semidesnudo—. Me gusta verte con encaje —comenta
en voz baja al tiempo que pasa el dedo por la parte superior de mis bragas
—. ¿Te apetece una ducha?
Yo asiento y le rodeo el cuerpo con los brazos y las piernas cuando me
baja de la encimera.
Me lleva nuevamente en brazos a la planta superior del ático, al baño,
y me deja en el suelo al lado de la ducha. Me suelta durante un instante y
abre el agua. Me siento floja. Cuando lo tengo delante otra vez, vuelvo a
dejarme caer sobre su pecho.
—Te arrepientes de haber bebido tanto, ¿no? —Me coge y me coloca
sobre el mueble del lavabo—. Tengo bonitos recuerdos de ti sentada justo
aquí.
Frunzo el ceño, pero entonces me doy cuenta de que nuestro primer
encuentro sexual tuvo lugar aquí, la noche de la inauguración del Lusso.
Alzo la vista y veo que me está mirando con sus ojos marrones.
—Por fin has conseguido justo lo que querías, ¿verdad?
Me coge la cara entre las manos.
—Iba a pasar antes o después, _____.
Coge su cepillo de dientes, pone un poco de pasta en él y lo pasa por
debajo del grifo.
—Abre la boca —me ordena.
Empieza a cepillarme los dientes con suavidad mientras me sostiene
la barbilla con la otra mano. Observo que se concentra en trazar leves
movimientos circulares por toda mi boca, y de repente me viene a la
cabeza ese instante en la pista de baile en el que me di cuenta de que estoy
enamorada de este hombre. No estaba tan borracha cuando me vino a la
mente aquella revelación. Mi objetivo de evitar precisamente esto se ha
visto frustrado. Me he enamorado de este ser arrogante, persistente y
divino.
«¡Mierda!» Cojo sus mejillas, cubiertas por una barba incipiente,
entre las manos, y me mira. Tiene los labios ligeramente abiertos. Deja de
cepillar, vuelve la cara hacia mi palma y la besa con ternura. Sí. Lo amo.
Joder, ¿qué voy a hacer ahora?
—Escupe —dice con su cara todavía en mi mano.
La aparto y me inclino sobre el lavabo. Me vacío la boca de pasta de
dientes y me vuelvo de nuevo hacia él. Me pasa el pulgar por el labio y me
quita un poco de pasta que me había dejado. Después se lo chupa para
limpiársela del dedo.
—Gracias —digo con voz cascada.
En sus labios se dibuja una media sonrisa.
—Lo hago tanto por mí como por ti. —Sonríe y se inclina y me da un
beso suave y lento. Su lengua penetra en mi boca con ternura. Yo me
derrito con un suspiro—. Uno no vale para nada cuando tiene resaca.
¿Puedo hacer algo para que te sientas mejor? —Me baja del mueble y me
deja de pie delante de él. Me coge del culo y me sostiene.
—¿Tienes una pistola? —le pregunto en serio. Así desaparecería mi
dolor de cabeza.
Él se ríe con ganas.
—¿Tanto te duele?
—Sí, ¿por qué te hace tanta gracia?
—Tienes razón, perdona. —Se pone serio y me acaricia la mejilla con
el dedo corazón—. Ahora voy a hacer que te sientas mejor.
¡Vaya! Parece ser que el alcohol no ha acabado por completo con mi
libido, porque todas y cada una de mis deshidratadas terminaciones
nerviosas acaban de volver a la vida. Debo de estar horrible, ¿y aun así él
empieza a tontear conmigo? No estamos en las mismas condiciones. Él
está apetecible y delicioso con ese pelo enmarañado de recién levantado y
un olor almizclado mezclado con el aroma a agua fresca. Yo, en cambio,
tengo una resaca de caballo y debo de parecer un espantapájaros, aunque a
él no parece importarle.
Me acerca las manos a la espalda, me desabrocha el sujetador y me lo
quita. Se inclina y le da un beso a cada pezón. Se me ponen duros al
instante con el breve contacto de sus labios; mis pechos se transforman en
pesadas cargas sobre mi torso. Ha conseguido que mi cuerpo olvide los
efectos secundarios del alcohol y que ansíe, agitado, su tacto.
Cuando levanta la cabeza y me besa, subo las manos por sus brazos
hasta que se hunden en su suave mata de cabello castaño. Dios, cuánto he
echado esto de menos. Sólo han sido cuatro días, y me aterroriza el hecho
de haberlo echado tantísimo en falta.
—Eres adictiva —musita contra mi boca—. Ahora vamos a hacer las
paces como es debido.
—¿No las hemos hecho ya? —pregunto. Mi voz es un susurro ansioso.
—No oficialmente, pero vamos a solucionarlo, nena.
Una oleada de temblores me recorre el cuerpo cuando me besa la nariz
con suavidad y se postra de rodillas delante de mí. Me sujeta las caderas
con sus enormes manos y desliza el pulgar por debajo de mis bragas.
Me pongo tensa y espero, pero no hace ademán de quitármelas. Bajo
la mirada y lo veo ahí, arrodillado, con la frente apoyada en mi regazo, y
sumerjo los dedos en su cabello castaño oscuro. Nos quedamos así una
eternidad, atrapados en nuestro pequeño ensueño. Me limito a mirarlo
mientras me acaricia el vientre con la frente una y otra vez.
Finalmente inspira hondo y se acerca más. Me besa el ombligo y
permanece ahí unos segundos hasta que empieza a deslizarme las bragas
por las piernas. Me da unos golpecitos en el tobillo para ordenarme sin
hablar que levante el pie, y hace lo mismo con el otro.
Sigue arrodillado delante de mí, con la cerviz inclinada, y sé que algo
le ronda por la cabeza. Le tiro un poco del pelo para sacarlo del estado de
ensoñación y alza la cara para mirarme. Empieza a levantarse con las
arrugas de la frente muy marcadas. Abre las manos sobre mi trasero y
vuelve a hundir la cabeza en mi estómago para besarlo de nuevo. Está
actuando de una manera extraña.
—¿Qué pasa? —No puedo seguir guardándome la preocupación para
mí.
Él me mira y sonríe, pero la sonrisa no le alcanza los ojos.
—Nada —dice de manera poco convincente—. No pasa nada.
Justo cuando estoy a punto de replicarle, entierra el rostro entre mis
muslos y se me doblan las piernas.
—¡Hummm...! —Echo la cabeza hacia atrás y me agarro con más
fuerza a su pelo. Con un inesperado lametón, bloquea todos mis sentidos y
abandono las intenciones de insistirle.
Me agarra de las caderas y me hace dar un fuerte respingo. Él es lo
único que me sostiene. Siento que su lengua caliente y entrenada traza
círculos alrededor de mi hipersensible cúmulo de nervios y que lo rodea
con movimientos precisos y lentos antes de hundirse en mi sexo. No se
deja ni un milímetro por explorar.
—Necesito ducharme —protesto.
—Y yo te necesito a ti —gruñe pegado a mí.
Me derrito cuando aumenta la presión y me clava los dedos en las
caderas. Me aprieto contra su boca. Es sólo cuestión de segundos que
estalle en mil pedazos. La presión que se concentra en mi entrepierna me
obliga a contener la respiración; el corazón se me sale por la garganta.
—Tienes un sabor delicioso. Dime que estás cerca.
—¡Estoy cerca! —jadeo sin aliento. Joder, ¡estoy muy cerca!
—Parece que te has levantado muy obediente.
Retira una mano de mi cadera y hunde dos de sus dedos en mi sexo.
Acaba de ponerme en órbita.
—¡Joder! —grito—. ¡Por favor! —Debo de estar arrancándole el pelo.
—Esa... puta... boca —me reprende entre intensas y constantes
caricias. No puede reñirme por decir tacos en estos momentos. Es culpa
suya por ponerme en este estado.
Ensancha mi abertura con los dedos trazando círculos y empujando,
mientras me masajea el clítoris y me lame los labios sensibles con la
lengua. Es una placentera tortura a la que estaría sometida toda la vida, de
no ser por esa creciente presión que exige liberarse.
—¡Tom! —grito con desesperación.
Con unas cuantas caricias más de sus dedos, de su pulgar y de su
lengua, me lanza por el borde de un precipicio y desciendo en caída libre
hacia la nada. El dolor que sentía en el cerebro deshidratado ha sido
sustituido por chispas de placer. Estoy curada.
Me lame y me chupa lenta y suavemente, hasta que mi cuerpo se
relaja y mis latidos empiezan a estabilizarse. Yo dejo las palmas de las
manos sobre su cabeza y dibujo pequeños círculos sobre su pelo.
—Eres el mejor remedio para la resaca que existe —exhalo con un
suspiro de satisfacción.
—Y tú eres el mejor remedio para todo —responde. Su lengua se
desliza hacia mi estómago y asciende entre mis pechos mientras se pone de
pie. Continúa trepando por mi cuello y me echa la cabeza hacia atrás con
un gruñido para lamerme la garganta—. Hummm..., y ahora —dice, y me
besa la barbilla suavemente—, voy a follarte en la ducha. —Me baja el
mentón para que mi cara quede frente a la suya y me besa en los labios—.
¿Vale?
—Vale —accedo. Qué pregunta más tonta. Llevo cuatro días sin él.
¿Dónde estaba? Prefiero no preguntar. De todos modos, tampoco creo que
me diera una respuesta. En lugar de eso, recorro despacio su maravilloso
pecho con las manos y me fijo en la horrible cicatriz. Otra cosa que no creo
que quiera contarme.
—Ni se te ocurra preguntar. ¿Qué tal va tu cabeza?
Aparto la mirada de la cicatriz y la elevo hacia él. Me observa con
aire de advertencia. Será mejor que no me enfrente a ese tono o a esa cara.
—Mejor —contesto. Y es verdad. Su expresión se relaja y mira hacia
sus bóxeres.
Capto la indirecta y le deslizo la mano por la cintura. Le acaricio el
vello con el dorso de la mano y la paso por encima de su erección
matutina. Lo miro a los ojos y veo que me estudia detenidamente. Cuando
me acerco más a él, aprovecha la oportunidad para apoyar la frente en la
mía y me regala ese aliento fresco que lo caracteriza.
El vapor de la ducha nos rodea y la condensación nos cubre; me doy
cuenta de que su pecho empieza a humedecerse. Me aferro a su piel, le
paso las manos por la parte trasera de los calzoncillos y acaricio con las
palmas su extraordinario culo prieto.
—Me encanta esto —susurro mientras le masajeo las nalgas.
Él mueve la frente contra la mía.
—Es todo tuyo, nena.
Sonrío, arrastro las manos hacia la parte delantera de su cuerpo y le
agarro la gruesa y palpitante excitación por la base.
—Y me encanta esto.
Él gruñe agradecido y me reclama los labios. Me toma la boca con
posesión y me obliga a soltar su erección y a volver a agarrarme de su
trasero. Me aprieta contra su pecho y siento el fuerte impacto de su dureza
contra mi ingle. Empiezo a excitarme de nuevo. La necesidad de tenerlo
dentro me obliga a interrumpir nuestro beso y a tirar de sus calzoncillos
hasta que caen por sus piernas largas y esbeltas. Aparta una mano de mi
culo para ayudarse y pronto sus bóxeres revelan una tremenda erección que
me señala. Ansiosa, no para de dar sacudidas. La gota de humedad que le
moja la punta me indica que se aproxima un momento de conmoción. Y así
es. Pronto me agarra de la cintura y me aprieta contra su cuerpo agitado.
—Rodéame la cintura con los muslos —gruñe contra mi cuello
mientras lo chupa y lo muerde. Yo obedezco sin vacilar y envuelvo su
cuerpo ansioso con las piernas cuando me levanta y su excitación roza mi
entrada hinchada obligándome a lanzar un grito de desesperación.
—Dios —jadeo.
Pega sus labios contra los míos y gime cuando nuestras lenguas se
funden en una danza ceremonial. Le acaricio con la mano la barba
incipiente mientras me sujeta con un brazo alrededor de la cintura y nos
conduce a ambos hacia la ducha. Inmediatamente, me empotra contra las
baldosas. Pega una mano contra la pared por encima de mi cabeza mientras
me devora la boca y el agua cae a nuestro alrededor.
—Esto va a ser intenso, _____ —me advierte—. Puedes gritar.
Que Dios me ayude. Estoy ardiendo y no tiene nada que ver con el
agua caliente que llueve sobre nosotros. Me agarro a su espalda y noto que
retrocede, preparado para penetrarme. Relajo los muslos para darle
espacio. Aparta la mano de la pared y se guía hacia mi abertura. Me mira a
los ojos cuando la cabeza de su erección entra en mí, y tiemblo.
—Tú y yo —dice, y me busca los labios y me besa con ansia—. No
nos peleemos más. —Y con un fuerte movimiento de caderas, embiste
hacia arriba y me llena hasta el fondo. Con un rugido, apoya la mano de
nuevo en la pared junto a mi cabeza.
—¡Dios! —grito.
—No, nena, soy yo —masculla entre potentes arremetidas que me
empotran más y más contra las baldosas de la pared—. Te gusta, ¿verdad?
Le clavo las uñas en la piel para intentar agarrarme, pero el agua, que
no deja de caer sobre su espalda, lo hace imposible.
—_____...
—¿Qué? —Dejo caer la cabeza hacia atrás, jadeando y loca de placer,
mientras cada embestida me empuja más hacia un éxtasis absoluto. Siento
sus labios sobre mi garganta expuesta, que se deslizan en llamas sobre mi
piel mojada.
—Me encanta follarte —gruñe contra mi cuello sin interrumpir su
ritmo intenso y voraz—. ¿Lo recuerdas ya? —Ah, ¡se trata de un polvo
recordatorio! No tiene de qué preocuparse. Es imposible que me olvide de
algo así—. ¿Te has acordado ya, _____? —ruge acompañando cada palabra
con un empujón.
—¡No lo había olvidado! —grito indefensa ante sus arremetidas de
castigo contra mi cuerpo.
Le suelto la espalda sabiendo que él me sostendrá y acerco su rostro al
mío. Aparto con las manos el agua que corre por su cara. Levanta la vista
para mirarme.
—No se me había olvidado —grito mientras me percute con fuerza.
Sentir cómo se mueve dentro de mí, y sentir cómo tiembla con la
intensidad del movimiento de nuestros cuerpos unidos, hace que tenga las
emociones a flor de piel. Jadea e inclina la cabeza para reclamar mis
labios. Es un beso con significado, y me derrito en él. Esto no ayuda en mi
intento de dominar mis sentimientos. Gime en mi boca mientras le sujeto
la cara y absorbo la pasión que emana de cada uno de los poros de su piel.
Él sigue embistiendo con rapidez e insistencia.
Nuestra ansia mutua se apodera de nosotros y alcanzo el punto de no
retorno. Cierro con fuerza los muslos alrededor de sus caderas estrechas y
todos los músculos de mi cuerpo se contraen esperando la descarga que se
avecina. Él vibra y farfulla palabras sin sentido contra mi boca.
«¡Joder!»
Echa la cabeza hacia atrás.
—¡Joder!
—¡Tom, por favor! —exclamo.
Esto comienza a rozar lo insoportable. No sé qué hacer. Es demasiado.
Entonces levanta la cabeza y me mira, con las pupilas dilatadas y los
párpados caídos. Me preocupa un poco.
—¿Más fuerte, _____?
¿Qué? Joder, va a partirme por la mitad.
—Contéstame —me exige.
—¡Sí! —chillo. ¿Es posible hacerlo más fuerte?
Emite un gruñido gutural y acelera sus embestidas con determinación,
a un ritmo que no creía posible. Aprieto los muslos hasta sentir dolor, pero
al hacerlo aumenta la fricción y, en consecuencia, el placer.
—¡Tom! —Supero el umbral, estallo a su alrededor con un alarido.
El intenso gruñido que escapa de sus labios indica que él me
acompaña; se mantiene dentro de mí, hasta el fondo, y su cuerpo enorme
tiembla contra el mío. Brama mi nombre y siento su cálida eyección dentro
de mí. Apoyo la cabeza sobre su hombro. Mi corazón late a un ritmo
frenético.
«¡Madre mía!» Me sostiene con un brazo, con la cara enterrada en mi
cuello y apoyando el antebrazo en la pared. Se ha quedado sin aliento, y
mis músculos envuelven de manera natural su miembro palpitante
mientras se sacude suavemente dentro de mí. El agua sigue cayendo sobre
nosotros, pero nuestra respiración entrecortada amortigua su sonido.
—Joder —resuella.
Suspiro. Sí, yo no lo habría dicho mejor. Ha sido más que intenso. Me
tiembla hasta el cerebro, y sé que no seré capaz de ponerme de pie si me
suelta. Como si me leyera la mente, se vuelve, apoya la espalda en las
baldosas y se deja caer resbalando por la pared. Me arrastra con él de
manera que acabo sentada a horcajadas sobre su regazo en el suelo de la
ducha. Tengo la cara pegada a su pecho y aún siento sus palpitaciones
dentro de mí.
Estoy exhausta. La resaca ha desaparecido, pero se ha visto
reemplazada por un agotamiento absoluto. Espero que no tenga prisa,
porque no pienso moverme de aquí en un rato. Cierro los ojos y me relajo
pegada a su magnífico cuerpo.
—Eres mía para siempre, señorita —dice con dulzura mientras me
acaricia la espalda mojada con las dos manos.
Abro los ojos y un torrente de pensamientos invade mi cerebro
convaleciente, pero hay uno que grita más fuerte: «Quiero serlo.» Pero no
lo digo. Soy consciente de que el sexo es increíble y de que me quiere
precisamente por eso, cosa que no me importaría si no estuviera tan
convencida de que se acabará antes o después. El sexo a este nivel es algo
demasiado intenso. No puede durar eternamente. Acabará enfriándose y
eso será todo. Pero ahora, al darme cuenta de ello, me aterra pensar que
terminará por romperme el corazón. Mi fuerza de voluntad es nula. No
puedo resistirme a él.
—¿Amigos? —pregunto, y apoyo los labios sobre su pecho y le beso
alrededor del pezón.
—Amigos, nena.
Sonrío contra su torso.
—Me alegro.
—Yo también —dice con suavidad—. Mucho.
—¿Dónde te habías metido?
—Eso no importa, _____.
—A mí sí —replico sin agitarme.
—He vuelto. Eso es lo único que importa. —Me coge del culo y me
acerca más a él. Sí, es verdad. Pero no por ello siento menos curiosidad. Y
el hecho de que no me lo quiera decir la aviva todavía más. ¿Dónde estaba?
—Dímelo —insisto.
—_____, olvídalo —dice con voz severa.
Suspiro, me despego de su pecho y lo miro apesadumbrada.
—Vale. Tengo que lavarme el pelo.
Me aparta los mechones mojados de la cara y me besa los labios.
—¿Tienes hambre ya?
La verdad es que sí. El polvo resacoso me ha abierto un apetito voraz.
—Muchísima. —Me levanto y cojo el champú—. ¿Esto es todo? —
Observo la botella, y después a Tom—. ¿No tienes acondicionador?
—No, lo siento. —Se levanta también del suelo de la ducha, me quita
el champú de las manos y me echa un poco en el pelo—. Yo te lo lavo.
Cedo a sus deseos y dejo que me lave el pelo. Me masajea la cabeza
con suavidad. Tendré que lavármelo otra vez al llegar a casa porque
necesito usar acondicionador, pero este champú huele a él, así que no me
importa. Cierro los ojos y echo la cabeza hacia atrás para deleitarme en los
rítmicos movimientos de sus manos.
Antes de lo que me gustaría, me coloca debajo de la ducha para
enjuagarme la espuma.
—¿Qué coño es esto? —farfulla.
—¿El qué? —Me vuelvo para ver a qué se refiere. Me agarra
conmocionado y vuelve a colocarme de espaldas a él.
—¡Esto!
Miro por encima de mi hombro y lo veo contemplándome el trasero
con la boca abierta. Se refiere a los restos de los moratones que me hice en
mi pequeña aventura en la parte trasera de Margo. Por la expresión de
horror de su rostro, cualquiera diría que tengo una enfermedad de la piel.
Pongo los ojos en blanco.
—Me caí en la parte de atrás de la furgoneta.
—¿Qué? —inquiere con impaciencia.
—Estaba sujetando la tarta en la parte de atrás —le recuerdo—. Me di
un par de golpes.
—¿Un par? —exclama mientras me pasa la palma por el culo—. _____,
parece que te hayan usado como balón de rugby.
Me echo a reír.
—No me duele.
—Se acabó lo de sujetar tartas —sentencia—. Lo digo en serio.
—No seas exagerado.
Gruñe unas palabras ininteligibles, se arrodilla y me da un beso en
cada nalga. Yo cierro los ojos y suspiro.
—Ya hablaré yo con Kate —añade, y sospecho que lo hará de verdad.
Se levanta otra vez, me vuelve para ponerme frente a él y me aparta el
agua de la cara. Abro los ojos y lo veo mirándome. Su rostro no delata
ninguna expresión, pero sus ojos son otra historia. ¿Se ha cabreado porque
tengo unos cuantos moratones? La última vez que se enfadó por algo así
desapareció cuatro días.
Se inclina, me besa la clavícula, asciende por el cuello
acariciándomelo con la lengua y me muerde el lóbulo de la oreja con
suavidad. Me estremezco al sentir su aliento cálido. Joder, ¡podría empezar
otra vez!
—Después —susurra, y yo gimo de decepción. Con él nunca tengo
suficiente—. Fuera —ordena. Me da la vuelta, me agarra de la cintura por
detrás y me guía al exterior de la ducha.
Permanezco callada mientras dejo que me pase la toalla por todo el
cuerpo y por el pelo para absorber el exceso de humedad. Está siendo muy
dulce y atento. Me gusta. De hecho, me gusta demasiado.
—Ya está. —Se enrosca la toalla alrededor de la cintura sin secarse.
Quiero ponerme de puntillas y lamerle las gotas de agua que le
empapan los hombros, pero me agarra de la mano y me conduce al
dormitorio antes de que pueda llevar a cabo mis intenciones.
Observo la habitación. ¿Dónde está mi vestido? No puedo creer que
tenga que pasar la vergüenza de salir de aquí con ese traje negro y corto.
Tras inspeccionar el cuarto, miro a Tom. Me quedo atontada
contemplando cómo se pone los pantalones.
—¿No te pones calzoncillos? —pregunto.
Se coloca bien sus partes y se sube la cremallera con una sonrisa
pícara.
—No, no quiero obstrucciones innecesarias —dice con tono sugerente
y seguro de sí mismo.
Frunzo el ceño.
—¿Obstrucciones?
Se mete una camiseta blanca e impoluta por la cabeza mojada y se
cubre los magníficos abdominales. Sé que tengo la boca abierta.
—Sí, obstrucciones —confirma sin añadir más. Se acerca a mi figura
desnuda, me agarra del cuello y acerca mi rostro al suyo—. Vístete —
susurra, y me besa en los labios con fuerza.
Tiene que dejar de hacer esto si no quiere que me ponga cachonda otra
vez.
—¿Y mi vestido? —pregunto contra sus labios.
Me suelta.
—No lo sé —dice con desdén, y sale como si tal cosa de la habitación.
¿Qué? Tuvo que quitármelo él, porque yo habría sido incapaz de
coordinar mis movimientos para desnudarme. Vuelvo al cuarto de baño a
por mi ropa interior, al menos eso sí que sé dónde está. No. No lo sé. Mi
sujetador y mis bragas han desaparecido.
Vale, le gustan los jueguecitos. Me acerco a su vestidor y cojo lo que
espero que sea la camisa más cara de todo el perchero. Me la planto y bajo
la escalera. Está en la cocina, sentado en la isla, metiendo los dedos en un
tarro de mantequilla de cacahuete.
Me deslumbra con su sonrisa cuando me mira con los labios cerrados
alrededor de un dedo cubierto de mantequilla de cacahuete.
—Ven aquí —me ordena.
Estoy en el umbral de la puerta, desnuda excepto por una larga camisa
blanca, y lo miro con el ceño fruncido.
—No —respondo, y veo que su sonrisa desaparece y sus labios
forman una línea recta.
—Ven... aquí —repite subrayando cada palabra con intensidad.
—Dime dónde está el vestido —exijo.
Me observa con los ojos entreabiertos y deja el tarro de mantequilla
de cacahuete con firmeza sobre la encimera. Aprieta la mandíbula y
empieza a golpetear con ímpetu la isla mientras me fulmina con la mirada.
—Te doy tres segundos —declara con voz sombría y cara seria.
Enarco las cejas.
—¿Tres segundos para qué?
—Para mover el culo hasta aquí —contesta con tono feroz—. Tres.
Abro los ojos de par en par. ¿Va en serio?
—¿Qué pasa si llegas al cero?
—¿Quieres descubrirlo? —Sigue completamente impasible—. Dos.
¿Qué? ¿Que si quiero descubrirlo? Joder, no me está dando mucho
tiempo para pensármelo.
—Uno.
«¡Mierda!» Corro como un rayo hacia sus brazos abiertos y me
estrello contra su duro torso. La expresión de satisfacción que advierto en
su rostro antes de enterrar la cabeza en su cuello no engaña. No sé qué
habría pasado si hubiera llegado al cero, pero sé lo mucho que me gusta
que me rodee con los brazos, así que no tenía mucho que pensar. Joder, qué
sensación tan maravillosa. Restriego la nariz y la boca por sus pectorales y
le acaricio la espalda con los dedos. Oigo sus lentos latidos. Exhala y se
pone de pie. Me coloca sobre la encimera de la isla y se coloca entre mis
muslos con las manos apoyadas sobre ellos.
—Me gusta tu camisa —dice al tiempo que me frota las piernas.
—¿Es cara? —pregunto con sorna.
—Mucho —sonríe. Ha captado mis intenciones—. ¿Qué recuerdas de
anoche?
Vaya. Pues que estaba como una cuba y más caliente que una mona
sobre la pista de baile y que creo que me di cuenta de que estaba
enamorada de él. Pero no es necesario que sepa esto último.
—Que bailas muy bien —decido responder.
—No puedo evitarlo. Me encanta Justin Timberlake —dice restándole
importancia—. ¿Qué más recuerdas?
—¿Por? —pregunto extrañada.
Suspira.
—¿Hasta cuándo recuerdas?
¿Adónde quiere ir a parar?
—No recuerdo llegar a casa, si es eso lo que quieres saber. Sé que
estaba muy borracha y que fui una estúpida bebiéndome esa última copa.
—¿No recuerdas nada después de salir del bar?
—No —admito. Nunca me había pasado algo así.
—Es una lástima. —Sus ojos apesadumbrados observan los míos y
parecen buscar algo en ellos, pero no sé qué.
—¿El qué?
—Nada. —Se inclina, me besa con ternura en los labios y me acaricia
la cara con las palmas de las manos.
—¿Cuántos años tienes? —le pregunto mirándolo directamente a los
ojos.
Vuelve a pegar sus labios a los míos y me obliga a abrirlos pasando la
lengua alrededor de mi boca lentamente antes de morderme el labio
inferior y de introducirla con suavidad.
—Veintiséis —susurra, y empieza a darme besitos por toda la boca.
—Te has saltado el veinticinco —farfullo, y cierro los ojos con
satisfacción.
—No. Anoche me lo preguntaste, pero no te acuerdas.
—Ah. ¿Después del bar?
Frota la nariz contra la mía.
—Sí, después del bar. —Se aparta y me acaricia el labio inferior con
el pulgar—. ¿Te encuentras mejor?
—Sí, pero tienes que darme de comer.
Se echa a reír y me propina un beso casto en los labios.
—¿Ordena algo más su Señoría?
—Sí —respondo con altivez—. Devuélveme mi ropa.
Me mira con recelo y desliza la mano en dirección a mi cadera. La
aprieta con fuerza y me obliga a dar un brinco sobre el banco al tiempo que
lanzo un chillido.
—¿Quién manda aquí, ____?
—No sé a qué te refieres —digo entre risas mientras sigue
haciéndome cosquillas en mi punto débil.
—Me refiero a lo bien que nos llevaríamos si aceptases quién manda
aquí.
No puedo soportarlo más.
—¡Tú! ¡Tú mandas!
Me suelta inmediatamente.
—Buena chica. —Me agarra del pelo, tira de mí hacia su cara y me
besa con pasión—. Espero que no se te olvide.
Me derrito en sus labios y acepto su supuesto poder con un largo
suspiro. Se aparta de mí demasiado pronto para mi gusto y me deja sobre la
encimera para regresar unos minutos después con mi ropa interior, mi
vestido, mis zapatos y mi bolso. Le lanzo una mirada asesina mientras me
lo entrega todo.
—No me mires así, señorita. No vas a ponerte ese vestido otra vez,
eso te lo garantizo. Ponte la camisa por encima. —Contempla el vestido
con desaprobación antes de marcharse a la cocina para hacer una llamada.
Me echo a reír. ¿Quién manda aquí? ¡Yo! ¡Yo mando! «¡Maníaco
controlador!» Me pongo la ropa y registro el bolso para sacar las píldoras
anticonceptivas, pero no las encuentro. Vacío todo el contenido sobre la
isla y busco entre todos los trastos que llevo, pero no las cogí.
—¿Estás lista?
Me vuelvo hacia Tom, que está en la entrada de la cocina
tendiéndome la mano.
—Un momento. —Vuelvo a meterlo todo en el bolso y doy un salto
para tomar su mano.
—¿Has perdido algo? —pregunta, y me guía por el ático.
—No, me las habré dejado en casa. —Me mira con curiosidad—. Las
píldoras.
Levanta las cejas.
—Menos mal que no está Cathy. Le daría un infarto si te viera con ese
vestido.
—¿Quién es Cathy?
—Mi asistenta. —Vuelve a mirar mi vestido con desaprobación y
empieza a abrocharme los botones de la camisa—. Mejor —concluye con
una sonrisita de satisfacción.
Salimos del ascensor y me arrastra por el vestíbulo del Lusso. Clive
nos mira perplejo.
—Buenos días, señor Kaulitz —lo saluda alegremente—. Ya tienes
mejor aspecto, _____.
Tom saluda a Clive con la cabeza pero no se detiene. Yo me pongo
como un tomate y sonrío con dulzura mientras corro para seguirle el ritmo
a Tom. Qué vergüenza. Dudo mucho que tenga mejor aspecto que anoche.
Tengo el pelo mojado, no me he maquillado y llevo la misma ropa que
anoche con una camisa de Tom encima.
Me mete en el Aston Martin y me lleva a casa a la misma velocidad
vertiginosa de siempre mientras Ian Brown acaricia mis oídos.
Una vez delante de casa de Kate, bajo del coche y él sale para
despedirse en la acera. Me sigue con la mirada hasta que me tiene delante y
me contempla con esos maravillosos ojos marrones. No quiero que se vaya.
Quiero que me lleve de vuelta a su castillo de ensueño y que me retenga
allí para siempre, en su cama, con él dentro. Soy esclava de este hombre.
Me ha absorbido por completo.
Doy un paso hacia adelante, me aprieto contra su pecho e inclino la
cabeza para mirarlo. Él está como si tal cosa, con las manos en los
bolsillos y mirándome con los ojos brillantes cuando me pongo de
puntillas y le rozo los labios con los míos. Al instante, se saca las manos de
los bolsillos, me estrecha contra su pecho y me hunde la lengua en la boca,
reclamando la mía con vehemencia. Y yo se la entrego sin rechistar. Le
rodeo el cuello con los brazos y me dejo llevar mientras me aprieta y me
lame la boca, devorándome por completo.
Perdida... estoy perdida.
Una vez satisfecho, se aparta con un gran suspiro que me deja sin
respiración y deseando mucho más. Me vuelvo sobre las piernas
tambaleantes y avanzo hasta el portal de Kate. Debería sonreír. Estoy muy
contenta y satisfecha con todo el sexo que he tenido, pero siento una
punzada difícil de ignorar en el estómago.
Me doy la vuelta para ver cómo se aleja con el coche, pero me lo
encuentro detrás de mí, mirándome. Arrugo el ceño. ¿Qué hace? Como
venga a por otro beso de despedida ya no lo suelto.
—¿Qué haces? —pregunto.
—Te esperaré dentro.
—¿Adónde voy a ir?
—Te vienes conmigo al trabajo —contesta como si ya debiera
saberlo.
¿Se va a trabajar? Pues claro, los hoteles no cierran los fines de
semana, pero ¿qué voy a hacer yo mientras él trabaja? Aunque, bien
pensado, ¿qué más da mientras esté junto a él?
—Acabas de darme un beso de despedida.
Esboza una sonrisa.
—No, _____. Sólo te he besado —dice, y me aparta un mechón de pelo
mojado de la cara—. Arréglate.
Ah, vale. No para de darme órdenes y yo las acato sin rechistar. Soy
su esclava de verdad.
Entro en el salón, con Tom detrás, y veo a Kate y a Georg tirados en el
sofá, convertidos en un amasijo de brazos y piernas, semidesnudos y
comiendo cereales. Ninguno de los dos hace el más mínimo esfuerzo por
intentar taparse.
—¡Eh, colega! —exclama Georg al levantar la vista y ver a Tom,
quien, al comprobar que está medio desnudo, lo mira con desaprobación—.
¿Cómo te encuentras, ______? —me pregunta.
Pongo los ojos en blanco. «Pues... estaba fatal, pero después de que
Tom me haya follado hasta perder el sentido me encuentro mucho mejor,
gracias.»
—Bien —contesto. Miro a Kate y le indico con la mirada que se reúna
conmigo en mi cuarto inmediatamente—. Me daré toda la prisa que pueda.
Dejo a Tom en el salón y me retiro a mi habitación, donde me paseo
de un lado a otro mientras espero a Kate. Las palabras de Victoria me
vuelven a la mente, y ahora no sé qué hacer.
Entra en mi dormitorio; tiene un aspecto horrible.
—¡Parece que alguien ha estado follando! —dice entre risas.
La miro con recelo. Hay algo que tengo que aclarar primero.
—¿Por qué le dijiste a Georg dónde estaba? —le reprocho.
Se queda perpleja.
—¿Estás enfadada conmigo?
—Sí... no... un poco. —Bueno, no estoy enfadada en absoluto. Anoche
sí lo estaba un poco, pero ya no. Me sonríe con sorna—. No me mires así,
Kate Matthews. ¿Qué ha pasado entre Georg y tú?
—Es un encanto, ¿verdad? —Me guiña un ojo—. Sólo nos estamos
divirtiendo un poco.
Bueno, sea sólo eso o no, tiene que saberlo.
—Tienes que saber que Victoria vio que una tía enfurecida le tiraba
un frappuccino por encima en Starbucks. —Me quito la camisa de Tom y
el vestido por la cabeza y los tiro al suelo.
Kate pone los ojos en blanco, recoge las prendas y las coloca sobre mi
cama antes de dejarse caer sobre el edredón con la melena pelirroja
rodeándole el pálido rostro.
—Ya lo sé. Es la loca de su ex novia.
—¿Te lo ha contado? —digo incapaz de ocultar mi sorpresa.
—Sí, no pasa nada.
—Ah. —No puedo creer lo tranquila que está. Todo le parece bien
siempre, nada la irrita nunca.
Me mira.
—Tú no eres la única que se está llevando lo suyo —dice muy en
serio. Me quedo boquiabierta—. Lo llevas escrito en la cara, _____.
—Me voy con Tom a su trabajo. —Cojo el secador e intento hacer
algo con mi pelo desastroso.
—Diviértete —canturrea cuando sale de mi cuarto. Pongo la cabeza
boca abajo y me seco del todo la mata de pelo negro mientras intento
ignorar el hecho de que tengo prisa por volver con Tom.
Cuando vuelvo a levantar la cabeza frente al espejo, me lo encuentro
apoyado en el cabezal de mi cama. Tiene los brazos cruzados por detrás de
la cabeza. Ocupa prácticamente la totalidad de mi cama doble. Apago el
secador y me vuelvo hacia sus ardientes ojos marrones. Quiero saltar sobre
esa cama y sobre él.
—Hola, nena —dice mirándome de arriba abajo.
—Hola —respondo sonriendo y con voz insinuante—. ¿Estás
cómodo?
Cambia de postura.
—No, últimamente sólo estoy cómodo con una cosa debajo de mí. —
Mueve las cejas de forma sugerente.
Esa mirada y esas palabras hacen que me tiemblen las rodillas;
remolinos de necesidad recorren cada milímetro de mi cuerpo. Lo miro
mientras se levanta de mi cama y se aproxima lentamente. Una vez delante
de mí, me da la vuelta y me pone de cara al armario. Estira el brazo por
encima de mi hombro, rebusca entre mi ropa colgada y saca mi vestido
camisero de color crema.
—Ponte esto —me susurra al oído—. Y ponte ropa interior de encaje.
Cierro los ojos con fuerza. Había pensado en ponerme unos vaqueros
y una camiseta, pero no me importa en absoluto ponerme lo que sugiere.
Estiro el brazo, le cojo la percha de las manos y gimo un poco cuando, al
bajar el brazo, me roza un pecho al tiempo que adelanta las caderas contra
mi trasero.
«¡Para, por Dios!»
—Date prisa —dice. Me da una palmadita en el culo, se marcha y me
deja allí plantada, toda temblorosa, con la única posibilidad de aferrarme al
vestido de color crema. Me obligo a volver a la realidad, sacudo el cuerpo
y la cabeza ligeramente y acabo de arreglarme.
Saco todos mis bolsos y empiezo a buscar las píldoras, pero no las
encuentro por ninguna parte. Kate está preparando té en la cocina, vestida
sólo con una camiseta.
—¿Has visto mis pastillas? —pregunto mientras busco en un cajón
donde guardamos todo tipo de trastos, desde pilas y cargadores de teléfono
hasta pintalabios y laca de uñas.
—¿No están en tu bolso?
—No. —Cierro el cajón de golpe con el ceño fruncido.
—¿Has mirado ya en todos tus bolsos? —pregunta Kate, que sale de la
cocina con dos tazas de té.
—Sí —contesto, y empiezo a buscar en los demás cajones de la
cocina, aunque sé que es imposible que estén con los cubiertos o los
utensilios.
—¿Qué pasa?
Alzo la vista y veo a Tom en la puerta.
—No encuentro las píldoras.
Pruebo, en vano, a buscarlas en el bolso otra vez, pero no están.
—Luego las buscas, vamos. —Me tiende la mano—. Me gusta tu
vestido —comenta, y me mira de arriba abajo mientras camino hacia él.
Claro que sí... lo ha elegido él.
Mete la mano por debajo del dobladillo y me acaricia entre los muslos
con el dedo índice mientras contempla cómo cierro los labios de golpe y
pego las manos a su pecho. Sonríe con satisfacción, desliza el dedo por
debajo de la goma de mis bragas y me acaricia el sexo con suavidad. Lanzo
un suspiro.
—Estás mojada —susurra, y traza círculos con el dedo lentamente.
Tengo ganas de llorar de placer—. Después. —Retira el dedo y se lo lame.
Lo miro mal.
—Tienes que dejar de hacer eso.
—Jamás. —Se ríe y me saca de un tirón de la cocina—. Despídete de
tu amiga.
—¡Adiós! —grito—. También es amiga tuya, ¿verdad? —Todavía no
hemos hablado sobre la pequeña conversación que tuvieron Kate y él
anoche en el bar. Me mira con cara de no entender a qué me refiero—:
Anoche, en el bar, le susurraste algo al oído —digo como si tal cosa.
Abre la puerta de la calle y me insta a salir.
—Me echó la bronca por haber desaparecido y me disculpé. No suelo
disculparme muy a menudo, así que no te acostumbres.
Me echo a reír. La verdad es que no le pega mucho lo de pedir perdón.
Pero conmigo lo ha hecho. Aunque todavía no me ha explicado dónde se

metió durante esos días.


HOLA!!! BUENO AQUI ESTAN LOS SIG CAPS ... PREGUNTA ... CUANTOS AÑOS LE CALCULAN A TOM! COMENTEN 4 O MAS Y AGREGO MAÑANA ... ADIOS :))

6 comentarios:

  1. Tom esta muy sospechoso algo le esta ocultando a (Tn) y que edad tendrá Tom?? yo le calculo como 33.. espero los próximos caps me encanto!!!

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  2. Sii Tom le oculta cosas a la rayis!! Donde habra esrado esos dias!!

    Yo le calculo 35 años..

    Siguelaa :)

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  3. creo que tom le saco las pastillas ahahahaa
    Tom esta planiando algo :O

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  4. Vikki guarda mi número de tlfn qur no se porque no me deja hablarte +34678288158
    Pd: sigueeeeee que me muero por saber que va a pasarrrrr

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